
No se sabe a ciencia cierta si el abuelo de Heidi estaba en las montañas retirado por la pena de que su hija muriera, o disgustado, yo que sé, no he leído la novela de Johanna Spiri?? Bueno, lo cierto es que cuando le encasquetaron a su nieta, pensando que se recluía para eludir su responsabilidad, al hombre no le hizo mucha gracia. Pero luego, la niña le curó el corazón. Y es que cuando Heidi se vio libre para bregar por la hierba y oler los pinos, se volvió una cortijera de pura cepa, y una vez ordeñadas las cabras, criado a Pichí y visto las montañas, no quería la ciudad ni en pintura. Y claro, cuando se fue con Clara y Rotenmmeier, se puso enferma. La niña lo que tenía era una depresión de caballo. Cómo estaría ya de nostalgia cortijera, que hasta se levantaba sonámbula. Subconscientemente, buscaba el camino a las montañas. Cuando regresó con Clara, hasta la niña paralítica echó a andar. Le entraron muchísimas ganas de ver a Heidi correr por allí. Y el abuelo les hacía queso, mantequilla, calostros de leche de cabra, y claro, por eso la niña tenía esos coloretes con los que salía en las bolsas de gusanitos rufinos. Y eso sin olvidar ese super-paseador que salía en la canción de los dibujos, que llegaba a las nubes. Sí, Heidi ha tenido una infancia un poquito más cortijera que la nuestra, pero sólo un poquito.
2 comentarios:
Bueno, nuestros columpios no llegaban a las nubes, pero eran biplaza, triplaza y en ocasiones y para evitar peleas, hasta sixtiplaza.
Y además del modo adelante-atrás tenían la opción "torbellino giratorio", no apto para después de las comidas.
Y cuando no mirabas, caías delante, y luego después del culazo venía la tabla del columpio y te daba en tó la boca.
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