
Y es que hemos dormido encima de todo tipo de burruncho enrollado relleno de bolas de lana o algodonazos, que más parecían el nido de algún pájaro. Durante la noche los agujeros se iban adaptando al cuerpo y amanecían uno como en la caja de un perrete, sin querer salir ni perder la postura. Luego estaban los duros de gomaespuma amarilla, tan pesados que al transportarlos se te quedaba un pellizco de espuma en la mano, como si le hubieras dao un bocao al colchón. Las niñas jugaban a enrollarse en ellos y saltar una encima de otras hasta que las risas se transformaban en gemidos ahogados de pánico. Otro tema es el de las sábanas, que estaban tan frías como si te taparas con una loncha de tranchetes gigante, y tenías que llamar a tu madre al grito de ¡Dame palos, dame paloos! y ella te golpeaba un poco para hacerte entrar en calor con la fricción. El mejor truco calefactorio se expresa en el viejo refrán: ¡Con dos peos y una bufa, la cama como una estufa!, que consiste en tirarte un peo y apretar las sábanas bajo tu barbilla todo lo que puedas. Si el peo escapa, te lo comes y acabas helado y apestado, pero si el peo queda DENTRO, el gas metano baja la temperatura bajo las sábanas y comienza una agradable sensación de calor. Ahora todos quieren deshumificadores, calefacción antiácaros, bolsas térmicas... Que pronto hemos olvidado las mantas jaraposas, arrullados en nuestros edredones nórdicos. Y ese pobre peo que quiere salir, hay que comprimirlo hasta la mañana siguiente por respeto a tu esposa, y claro, a las siete de la mañana vas al baño y ¡BOUUMM! tocas la trompeta con el opo, que dirá mi vecino que ya está el toque de diana.



















