jueves, 11 de febrero de 2010

MEDITACIONES CORTIJERAS: EL BRASERO


Este atardecer, de repente, he sentido un frío incomprensible.

Aún se deslizaban lentos los treinta y ocho grados del mediodía, sin embargo, el hielo del interior se escapaba por los poros del alma.

He querido cobijarme en los recuerdos de otras tardes, ya muy lejanas y más entradas en el invierno. Me he escapado a mi casa; mi casa sigue siendo la casa de mis padres, la siento mucho más mía que ésta, ¡Tantas remembranzas pegadas en las paredes!

Fueron aquellas vivencias las que abonaron mis raíces, las que mantiene mi memoria, algunas tan difusas que hoy, al cabo de los años, no podría asegurar cuáles de ellas fueron reales y cuáles sólo sueños.
Este atardecer, de repente, perdido entre los viejos fantasmas, he recostado la cabeza y, cerrando los ojos, he huido hacia atrás, al cortijo.

En el centro, una enorme camilla rodeada de sillas y sillones. Allí hacíamos la vida el tiempo que estábamos en casa.

Éramos los primos y agregados que siempre había.



“Te como ésta y cuento veinte”, “De Oca a Oca y tiro por que me toca”, “Veo, veo…” ¿Y qué ves?...

-Anda, niña, échale una firmita al brasero -decía el tío Miguel-

La mesa redonda; en aquellos tiempos pensaba yo que así de grande debía ser la del Rey Arturo, luego, a medida que pasaban los años me fui dando cuanta como se achicaba a medida que yo crecía.

Debajo: la tarima, sujetando un aro, también de hierro, para poner los pies en alto.

En el hueco del centro: el brasero: dorado y brillante y, con dos asas lindamente torneadas, que de poco servían cuando estaba el calor en su cenit; se recalentaban tanto que no podías tocarlas.

Sobre la tarima, unas veces en un lugar y otras en otro, la badila. Como una gran espumadera, también en bronce, para darle vuelta y, remover aquel montón de brasitas pequeñas en que se habían convertido el cisco o picón, y que, poco a poco se habían ido consumiendo y cambiando en cenizas, cubriendo las pequeñas brasas.

Era entonces cuando había que remeter aquellas cenizas por los extremos para sacar nuevamente las ascuas a la parte superior: “la firmita”.

¡Que dulce y acogedor era aquel calor que emanaba y arropaba a los sentados a su alrededor!

No sé porqué, me parece que el brasero, en aquella época, unía mucho más a las familias.

2 comentarios:

socorro.com dijo...

La badila,vulgarmente "paleta".
Bueno pues con esta paleta,en una de las peleillas de niños,le dió el tite Victor al tite Pepe en la frente,con tal desgracia que la paleta estaba al rojo vivo,metida en el brasero y se la dejó marcada como si fuese una res brava,en la frente y aún conserva la marca.

Arantza dijo...

Viva la mesa camilla con brasero!!
Como buen arquitecto, Dino quiere tener una casa de ultradiseño, pero yo ya le voy haciendo el cuerpo de que entre modernura y modernura le voy a plantar mi mesa camilla para echarme unas buenas siestas calentita en invierno...